viernes, octubre 03, 2014

Hablando de chinchorros y hamacas en el Hospital Universitario SAHUM


El 26 de septiembre fui honorablemente invitado por el equipo SAOI del Hospital Universitario de Maracaibo para hablar sobre la implementación de hamacas y chinchorros en ambientes hospitalarios. En este post no hablaré de lo que dije ese día sino las impresiones de los y las colegas pediatras a quienes iba dirigida la plática.
El marco de la exposición estaba basada en las adecuaciones interculturales que deben hacerse a las instituciones que brindan atención de salud en poblaciones indígenas.
La actividad comenzó con la presentación de la Licenciada Jasmín García, directora de SAOI del Hospital (SAHUM) hablando de el chinchorro en la cosmovisión indígena wayúu. Posteriormente una médica enfáticamente se opuso a la propuesta sin antes escucharla. No dijo en ningún momento porqué, pero no le gustaba.
Luego comencé mi exposición hablando desde la llegada de los conquistadores, las crónicas de Indias y el resto de la historia. Hablé de el trabajo en  Campeche, México, las experiencias en otras regiones, especialmente las realizadas en nuestro país. Les expliqué que todas estas adecuaciones tienen una base legal, cultural y social muy importante y la maravillosa materia prima que hay para tener estas vivencias científicas en un hospital tan grande y lo novedoso que ello sería.
Posterior a la charla intervino la jefa del servicio de neonatología narrando un hecho curioso que ella observaba. Los niños que fueron prematuros y que estuvieron en incubadoras buena parte del inicio de su vida presentaban cierta deformidad torácica o postural en la que se mostraban con el pecho hacia adelante y los hombros hacia atrás. Evidentemente en la incubadora no existía la ergonomía para que el pequeño mantuviera su posición fetal hasta que alcanzara su desarrollo completo. Una razón importante para comenzar a implementar los chinchorros o hamacas era, de inicio, aquellos neonatos que les costaba llegar a los 2 kilogramos de peso, los cuales se tardaban mucho tiempo en alcanzarlo.
Posteriormente, otro colega refirió la experiencia con otro lactante que no cesaba de llorar y no se encontraba la causa. Los pediatras, en su experiencia, podían conocer porqué lloraba un niño de acuerdo al tipo de llanto, pero éste en particular era muy extraño. La situación se controló simplemente al colocar un chinchorro pequeño atado a los extremos de la cuna hospitalaria. Esta experiencia la refrendó otra pediatra.
Luego, otra colega explicó que en en los casos de pacientes indígenas en el programa de diálisis ambulatoria ellos podían cumplirla perfectamente en su hamaca sin ningún tipo de complicación. Esta misma doctora le explicó a la que intervino inicialmente que debía esperar a escuchar la propuesta y ver que había situaciones muy particulares donde se podían implementar y otra que no. Las experiencias dicen que hay los llamados criterios de exclusión y eso fue expuesto claramente.
Finalmente, el equipo médico se mostró dispuesto y "mente abierta" a la implementación siempre y cuando se cumpla con un protocolo claramente establecido: situaciones para su uso o criterios de inclusión, la logística de lavado y cambio, responsabilidades en el hospital, etc.
Ciertamente sería una nueva experiencia de algo tan antiguo, pero la medicina debe ir camino a la humanización, a sensibilizarnos, a entender el entorno social y étnico de la población que atiende y no esmerarse más en lo técnico o científico como si fuera lo más importante.

Fuente e imágenes: Hospital Universitario de Maracaibo 

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